Mágico González “el futbolista bohemio”

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El futbolista que pudo ser mejor que Maradona, pero no quiso.

El futbolista salvadoreño vivió mucho y corrió poco durante su etapa en el Cádiz CF. Se emborrachó, fue un indisciplinado y tuvo dos hijos a los que no les dio sus apellidos. De él, el ‘Pelusa’ dijo que era el mejor jugador del mundo. En la capital gaditana aún hoy se le venera.

“Mágico no se entiende sin Cádiz, y Cádiz hace mucho que no se explica sin Mágico”.

La frase es de un destacado miembro de la peña cadista Brigadas Amarillas, con el que nos encontramos en una terraza frente a la playa de la capital gaditana. La mañana es agradable: inicios del invierno, 20 grados. Algunos surferos cabalgan olas mientras una decena de gaviotas picotean por la orilla. “Esto es lo que le atrajo a él de la ciudad, su forma de vivir”.

Este chico que tengo enfrente ni siquiera había nacido cuando el salvadoreño Jorge González, El Mago, dejó el club de la tacita de plata, donde estuvo ocho temporadas –más otra en el Valladolid-. Durante su tiempo en España metió 59 goles. Nada descomunal. Pero por el césped del estadio Ramón de Carranza, al que le dijo adiós el verano de 1991, nunca se ha visto jugar a nadie mejor que él.

Este chaval vino al mundo dos años después de la marcha de Mágico, pero sorprende la devoción que le rinde al futbolista. Con 23 años y sin ni siquiera haberlo visto jugar en directo ni un solo partido en el campo del Cádiz, desde hace unos meses lo lleva consigo allá donde va.

Debajo del gemelo de su pierna derecha se ha tatuado la camiseta y la silueta del 11 melenudo y desgarbado que pudo convertirse en un dios del fútbol mundial -dicen que a la altura de Pelé, Maradona o Cruyff- y en cambio prefirió ser un simple mortal. En una ocasión, cuando al Pelusa le preguntaron si se consideraba el mejor futbolista del planeta, respondió: “No, hay uno mejor que yo. Se llama Jorge González”.

Es difícil trazar el perfil de un futbolista excelso, con sus luces y sus sombras, que encontró en Cádiz el ecosistema perfecto para alguien que, como él mismo se definió, era “un irresponsable” y “un mal profesional” al que no le gustaba “tomarse el fútbol como un trabajo”. “Si lo hiciera, no sería yo. Sólo juego por divertirme”, dijo en una entrevista cuando aún estaba en activo.

En la capital gaditana Mágico González disfrutó de días soleados casi todo el año, noches de juergas interminables, mujeres bellas a las que hizo hijos de los que se desentendió durante décadas y amigos de vestuario que lo querían.

En esta ciudad sus vecinos aún fantasean viéndolo caminar por sus calles junto a su colega Camarón de la Isla, regalando ropa al primero que se encuentra en la barra de un bar, dando toques a una naranja con la misma monotonía que un zapatero pone suelas a unas sandalias o lanzando caños a Emilio, un enano del que se hizo amigo.

Aunque su carrera profesional continuaría durante algunos años más, en el verano de 1991 –hace un cuarto de siglo- Jorge González dejó Cádiz. Fuera de El Salvador fue el único lugar donde se sintió pleno como persona y mostró su potencial deportivo.

En esta ciudad del sur de España aún perdura el mito de Mágico, un pelotero que en vez de ser quienes otros querían que fuera acabó siendo quien le dio la gana ser. Por eso no fichó por el PSG francés o el FC Barcelona de Maradona. Prefirió Cái. Su segunda casa, donde jugó lo justo para vivir lo máximo.

EL MUNDIAL DE ESPAÑA, SU ESCAPARATE

Verano de 1982. Aquella España que había vuelto a la democracia, la de Naranjito, alberga el Mundial de Fútbol. La selección salvadoreña participa en esta competición por segunda vez en su historia. Lo logra dejando fuera al México de Hugo Sánchez.

En gran medida, el combinado salvadoreño se ha clasificado por la irrupción de un tal Jorge González, un chico de 24 años que juega en el Club Deportivo FAS y al que en su país apodan El Mago por sus regates imposibles, sus bruscos recortes y sus arrancadas en seco. El periodista Rosalio Hernández es quien lo ha bautizado con ese apodo.

El Salvador está enclavado en un grupo duro, con Hungría, Bélgica y la Argentina de un jovencísimo Diego Armando Maradona, quien llega al campeonato del mundo con sólo 21 años. El combinado de Mágico González pierde los tres partidos clasificatorios y se marcha de vuelta a su país con cero puntos, 15 goles en contra y sólo uno a favor.

Para los ojeadores de media España y de Europa no pasa desapercibido un futbolista delgadísimo, de pelo negro largo y rizado, llamado Jorge. Aunque se dice que en aquel tiempo ya se interesaron por él el Barcelona, el Real Madrid, el Atlético o el Betis, el futbolista recala en el Cádiz CF, que acaba de descender a la segunda división del fútbol español. El PSG lo tuvo hecho antes de firmar por el conjunto gaditano, pero Mágico no se presentó el día de la rúbrica de su nuevo contrato.

En la capital gaditana, el fichaje no despierta gran interés. El club está formado, en su mayoría, por jugadores de la cantera y el nombre de la nueva incorporación no calma la desazón provocada por el descenso. Poco después todo cambiará y El Mago se meterá en el bolsillo a la grada cadista con sus jugadas inversosímiles.

Tras el Mundial, Mágico se incorporó a las filas amarillas. Aterrizó en el aeropuerto de Jerez la noche del 27 de julio de 1982. El fotógrafo Joaquín Hernández Kiki fue el único que inmortalizó su llegada. Lo que apenas nadie recuerda es que su debut en España con la camiseta del Cádiz fue a finales de agosto de 1982, pocos días antes de disputar su primer torneo Carranza.

Sucedió durante un amistoso veraniego en Trebujena, un pueblo de 7.000 habitantes cuyo equipo jugaba en la primera regional andaluza. Como en ese tiempo era de los contadísimos clubes de la provincia gaditana que contaba con un campo de césped natural, el equipo amarillo organizaba allí un amistoso cada verano.

“PIDE VINO, QUE ME LO BEBO YO”

Rafael Domínguez, un señor alto y fornido que hoy tiene 56 años, tiene el orgullo de ser el lateral derecho que aquel día sufrió las diabluras del “canijo de pelo negro azabache” que le tocó cubrir. Ahora entrena al equipo de los prebenjamines de su pueblo, donde los viñedos dan de comer a media población.

“Fui el primer defensa que lo tuvo delante. Jugaba arriba, escorado a la izquierda aunque era diestro. Perdimos ocho o nueve a uno, no recuerdo bien, y yo no vi la pelota en todo el partido. Se me iba siempre que me encaraba y lo único que hacía era correr detrás de él. Me pregunté: ¿pero quién coño es este tío? Luego, cuando meses después vi por televisión hacerle lo mismo a los mejores defensas de España, me di cuenta de que yo no era tan malo y sí que él era muy bueno”.

Hay una anécdota que unirá de por vida a Rafael y a Mágico y que sólo ellos conocen. Tras aquel partido, el Trebujena organizó una cena de agradecimiento a la primera plantilla del Cádiz por jugar en su estadio. Juntos, los futbolistas locales y los visitantes comieron guiso de conejo, filetes de pollo…

En aquellas fechas, el primer entrenador del conjunto amarillo era el yugoslavo Dragoljub Milosevic, quien de segundo tenía al temperamental David Vidal, por aquel entonces un técnico que hacía sus primeros pinitos en los banquillos. Milosevic, que no quería que sus jugadores comieran demasiado ni que tomaran alcohol, mandó a Vidal a que vigilara a sus chicos.

Rafael y Jorge coincidieron en la misma mesa uno enfrente del otro. Nada más empezar a comer, El Mago, que sabía que Vidal no le quitaba ojo de encima, le preguntó a aquel chaval del Trebujena:

– ¿Tú qué estás bebiendo, amigo?

– Coca-cola- respondió Rafael.

– No, tú bebes [vino] tinto.

– ¿Cómo? No, yo estoy bebiendo Coca-cola.

– Ya, pero a partir de ahora pide tinto. Así, tú te bebes mi Coca-cola y yo me bebo tu tinto.

El Mago había llegado a tierras gaditanas.

“CUANDO TOCABA EL BALÓN SE HACÍA EL SILENCIO”

Aquí, en La Habana andaluza, un cuarto de siglo después la impronta de El Mago sigue presente en la piel de los amantes del fútbol, que llevan tatuado a fuego el nombre de su ídolo. Pero no sólo de ellos. Su recuerdo aún perdura entre los que aman la vida, porque Mágico, antes que futbolista, era un vividor compulsivo.

Mágico vivió cómo y cuánto quiso. Sobre todo de noche, lo que trajo mil y un quebradero de cabeza a sus entrenadores, que trataron de atarlo en corto dejándolo fuera de convocatorias o multándolo cada vez que llegaba tarde a un entrenamiento. A él, sin embargo, le traía sin cuidado no presentarse a un entreno, llegar tarde a un partido o plantarse ebrio antes de un choque importante. En Cádiz, Jorge González se emborrachó, se drogó y se excedió en todo lo que pudo. Pero nadie te hablará mal de él. Nadie.

Por el día, Mágico planchaba la oreja. Dormía las horas que no le permitía su vida nocturna. Entrenar, entrenaba lo justo. Su magia le salía por los poros y no necesitaba matarse a correr por las playas, hacer pesas en un gimnasio o cuidar su alimentación.

“En las pretemporadas, cuando nos hacían correr por la arena, mientras nosotros íbamos a un 80% él era capaz de ir de espaldas y hablándonos. Tenía una extraordinaria condición física innata que le permitía no trabajarse”, cuenta el argentino Hugo Vaca, antiguo compañero del salvadoreño en las filas del Cádiz.

Ahora, Vaca tiene 60 años, vive en la ciudad que lo encumbró como jugador y dice que no recuerda un caso similar al de Mágico González. “No sé si habría llegado al nivel de Messi o de Maradona, tal vez no porque para él el fútbol era un divertimento y no un oficio, pero lo cierto es que nunca vi a nadie hacer tanto con tan poco esfuerzo. Recuerdo que cuando tocaba el balón, en los estadios, no sólo en El Carranza, se hacía el silencio”.

“DORMÍA DE DÍA Y VIVÍA DE NOCHE”

Pepe Mejías tiene 58 años, las piernas arqueadas y un pasado de futbolista de primera división. Él y Mágico fueron los artífices de los goles que devolvieron al Cádiz a la máxima categoría del fútbol español sólo un año después de la llegada de Jorge a España. Mejías metió dos goles y El Mago uno en la victoria del Cádiz ante el Elche.

“Yo tenía llaves de su casa. Al principio, iba cada mañana a despertarlo para que no llegara tarde a los entrenamientos. El tío vivía de noche y dormía de día. Siempre tuvo el horario cambiado –cuenta entre risas-. Llegaba tarde a los entrenamientos, otras veces no se presentaba… Pero se le consentía todo porque el día del partido te resolvía la papeleta. La afición lo adoraba y tanto el club como los entrenadores tenían que tragar. No quedaba otra”.

Posiblemente, Mejías fue el compañero de vestuario al que Mágico más respetó. En incontables ocasiones, después de los entrenamientos se lo llevaba a su casa a comer lo que había hecho su mujer: potajes, pucheros, huevos fritos… El exfutbolista recuerda que tras el ascenso a Primera (temporada 82/83) Jorge González le dijo un día: “Pepe, te tengo que invitar a comer en agradecimiento a lo bien que me tratas y para festejar el ascenso”. “Muy bien, cuando quieras”, le dijo él.

El día que lo invitó, Mágico se lo llevó a su casa, donde vivía solo, aunque pocas fueron las noches que durmió sin compañía femenina.

– ¿Y qué vamos a comer, Jorgito?- le preguntó Mejías.

– Mira en ese armario, a ver lo que hay-, le espetó el salvadoreño.

Tras rebuscar en todos los armarios de la casa y también en la nevera, Pepe Mejías sólo encontró un sobre de sopa de fideos. “Calentamos agua, lo hicimos y nos lo comimos. Así era El Mago. Había que quererle aunque tuviera la cabeza en la luna”.

JORGE JUNIOR, SU HIJO ‘GADITA’

Mágico González nunca ha ocultado su querencia por la vida nocturna y los amores de una sola noche. Cuando tenía ganas de juerga, el salvadoreño siempre usaba –y usa- las mismas frases, dos en concreto: “Hoy vamos a querer” o “Al ratón le gusta el queso”.

Cuando llegó a España, El Mago ya era padre de un crío. Pero no tenía relación con la madre. Sólo un año después nacería su segundo hijo. Vino al mundo en octubre de 1983. A las pocas semanas de aterrizar en Cádiz Jorge González conoció a José. Era un gaditano que tenía una hermana, María José, que trabajaba en un bingo de la ciudad. El chico se la presentó y Mágico se quedó prendado de aquella joven guapa de pelo rubio y rizado. Mantuvieron varios encuentros, ella se quedó embarazada y tuvo a un varón al que le puso Jorge, como su padre. Cuando el parto, el salvadoreño ya había vuelto a hacer magia y había desaparecido de la vida de la gaditana.

Ese Jorge que nació en octubre de 1983 tiene hoy 33 años, vive en Chiclana y no lleva los apellidos de su padre, aunque sí tiene contacto con él y el exfutbolista lo ha reconocido como hijo suyo.

Jorge Junior conoció a su padre el mismo año que un tremendo terremoto devastó El Salvador. Fue en 2001. Mágico había viajado hasta Cádiz para participar en un homenaje que le tributaba el conjunto gaditano con el fin de recaudar dinero para las víctimas del seísmo. Su hijo tenía 18 años.

Huego Vaca, su excompañero, fue quien se lo presentó durante una comida en la venta Los Tarantos, en San Fernando (Cádiz). Varios futbolistas de la época de Mágico se habían reunido allí para almorzar juntos y recordar viejos tiempos, y el chaval se plantó allí. “Me dijo: ‘Claro que quiero conocerlo’”, recuerda Vaca. Desde entonces no han perdido el contacto.

El chico no puede negar la evidencia: su padre es quien es. No sólo por el parecido físico que existe entre ambos –tiene el mismo pelo que su progenitor- sino porque es como dicen que su padre era de joven: despistado, bondadoso, mujeriego… Su pareja, Toñi, con la que tiene un hijo de 12 años llamado Aitor, asegura que son “clavados”. “Él y yo compartimos móvil porque el último que tenía se lo regaló a un amigo al que se le había roto la pantalla”, dice la joven.

“Mi padre era un poco como yo –cuenta ahora Jorge Junior un tanto ruborizado-. Me contaba que le daba su chaquetón a cualquiera que veía por la calle pasando frío, le subía a casa las bolsas de los mandaos a las abuelas… ¡Ah!, y nos une otra cosa: nos encanta comer cosas frías. Mi padre se pasa el día en su casa de San Salvador comiendo polos de hielo de limón mientras ve la televisión desde su hamaca”.

Jorgito lo sabe porque, tras conocer a su padre, se fue a vivir con él hasta el país centroamericano. Allí, donde pasó dos años, convivieron juntos en la casa de dos plantas que el exfutbolista tiene a cinco o seis cuadras del estadio que lleva su nombre, el Nacional Jorge Mágico González. En aquella vivienda, nada ostentosa, corriente más bien, convive con su actual pareja, con la que ha tenido dos hijos –más dos de ella de un matrimonio anterior-.

“Me fui para probar en varios equipos. Incluso viajé con él por EEUU, donde jugó varios amistosos de exhibición. Gracias a él he conocido a Maradona, a Enzo Francescoli…”, dice el chaval, que aún juega a fútbol en el Chiclana, aunque ahora está lesionado por problemas en una de sus rodillas. “Recuerdo que en Los Ángeles mi padre compró tres películas en inglés para verlas en la habitación del hotel. No entendimos ni papa, pero nos tragamos las tres de un tirón”.

[Jorge tiene una hermanastra llamada Ingrid. Nació sólo unos meses después que él. También es fruto de una relación de su padre con otra gaditana. La chica vivió durante muchos años en El Puerto de Santa María. Ahora trabaja en Mallorca. Como Jorgito, Ingrid tiene contacto con Mágico].

Diego Armando Maradona dijo de Jorge González que era mejor jugador que él. Nunca se sabrá. El salvadoreño llevó una vida menos profesional aún que el argentino.

“EN VALLADOLID VOLVIÓ NEGRO A UN CHINO”

Jorge Alberto González Barillas nació en San Salvador el 13 de marzo de 1958. Su padre se llamaba Óscar Ernesto y su madre Victoria. Fue el menor de ocho hermanos. Él, con siete u ocho años, tuvo que irse a vivir con su abuela a una casucha con suelo de tierra. Sus padres no tenían cómo dar de comer a tantos niños y lo mandaron con la yaya.

 

Pero aquel chiquito pobre tenía un don: daba patadas al balón como los ángeles. Mágico debutócomo profesional en 1976 con el ANTEL de San Salvador. Tenía 18 años. Luego pasó al FAS y a los 24 dio el salto a Europa. Durante el primer año en Cádiz, el del ascenso a Primera, metió 15 goles en 33 partidos y a su equipo lo llamaron el matagigantes porque en su estadio derrotó al Barcelona, al Real Madrid, al Sevilla, al Atlético o a la Real Sociedad.

Al año siguiente, Mágico anotó 14 goles en 31 encuentros. Pero su vida nocturna, por aquel entonces muy ajetreada, comenzó a traerle problemas deportivos y su rendimiento cayó en picado al tercer año. En la temporada 84/85 sólo jugó 11 partidos, metió un gol y el club decidió traspasarlo al Valladolid, donde jugó el siguiente curso.

En tierras castellano-leonesas no se serenó. Cuenta su excompañero en el Cádiz Pepe Mejías que el club pucelano le puso un “chino” a su lado para que lo llevara a entrenar, para que lo vigilara de noche… “Pero él hacía lo que le venía en gana. Al chino lo volvió negro”, comenta con sorna. “¿Qué iba a hacer él allí con tanto frío?”.

En Valladolid sólo aguantó un año y retornó al Cádiz, donde jugó las siguientes seis temporadas y metió, en total, 27 goles más. En el verano de 1991 abandonó la ciudad gaditana y volvió a su país, donde continuó jugando otros siete años, aunque en una liga de nivel casi amateur, muy lejos de la exigencia de la competición española.

El Mágico que se fue de España ya no era feliz. Dos años antes se había visto envuelto en un turbio asunto. Una mujer lo denunció por agresión sexual. Según la denuncia, Mágico y otro jugador del Cádiz, Quevedo, entablaron amistad con dos chicas de Cádiz y se marcharon hacia el apartamento del salvadoreño en la urbanización Valdelagrana (El Puerto de Santa María). Al final, se le condenó a seis meses de prisión y al pago de 4.000 pesetas a la chica.

UN INCENDIO LE IMPIDIÓ FICHAR POR EL BARÇA

Siempre se ha dicho que el Barcelona fue el club que más cerca estuvo de fichar a Mágico. Y es verdad. Incluso, llegó a vestir la camiseta blaugrana durante un gira que el conjunto catalán hizo por EEUU el verano de 1984.

Con Maradona en sus filas y en el banquillo César Luis Menotti, El Mago jugó dos encuentros para deleite del público yanqui. Metió dos goles, gambeteó, pidió el balón, se asoció con el Pelusa… Pero no firmó su nuevo contrato por una casualidad. Se cuenta en Cádiz que durante la estancia del Barça en un hotel de California, una noche sonó la alarma de incendios y todo el mundo salió de sus habitaciones.

Todos menos Mágico, que estaba encamado con una mujer. Menotti, que estaba convencido de su incorporación al plantel blaugrana, se lo pensó dos veces y se echó atrás. Ya tenía bastante con aguantar al genio argentino. No necesitaba otro, en este caso salvadoreño. Sin aquel incendio, quién sabe en lo que se habría convertido Jorge González.

UN POLLO FRÍO TRAS UNA JUERGA

En Cádiz, Mágico González se hizo amigo de mucha gente, aunque muchísimos menos de lo que parece. En la ciudad, todo el mundo dice que se tomó una cerveza con él, que si un día se emborracharon juntos o que si tal o cual anécdota. “No te creas todo, hay mucha leyenda”, dice Huevo Vaca.

Y es cierto, la leyenda existe. Los gaditanos siempre hablan de un partido contra el Barcelona en un trofeo Carranza al que Mágico llegó tarde y no salió de titular. En la media parte, con 0-3 en el luminoso, salió el salvadoreño, metió dos goles, dio dos asistencias de gol y su equipo ganó 4-3. Aquel partido, sencillamente, nunca existió. Sin embargo, en el imaginario colectivo del cadismo sí sucedió. Magia.

Quienes sí lo conocieron, y muy de cerca, fueron el camarero Jesús Sánchez y el vendedor de prensa [con enanismo] Emilio Ramírez. Jesús tiene 53 años, trabaja en el bar de su padre, el Submarino Amarillo –a sólo veinte metros del Carranza- y conoció con 18 años a Mágico, recién llegado el futbolista a España. El local es una oda al conjunto gaditano: imágenes de los jugadores más ilustres, bufandas del club y azulejos azules y amarillos. El reloj que da la hora a los clientes es el rostro del futbolista salvadoreño.

En 1982 este hombre se empleaba en el bar Isamar, donde la plantilla del Cádiz iba a jugar a las cartas o a tomar una cerveza después de cada entrenamiento. En aquel local, Mágico desayunaba muchos días entre semana. Siempre, dice Jesús, llegaba tarde. “Pedía un manchao [poco café, bastante leche] y unas magdalenas. Le decía que el entrenamiento había empezado hacía media hora, pero le daba igual. Él se tomaba aquello con toda la parsimonia del mundo. Luego se iba como trotando y diciéndome adiós con la mano. Yo me descojonaba”.

Jesús y Mágico salieron juntos por la noche en numerosas ocasiones. Llegaron a hacer amistad. “No bebía tanto como dicen, de verdad”, asegura. “Se pedía un whisky con naranja con el primero que lo saludaba y a los dos minutos, con el vaso lleno, veía a otro y se pedía otra copa. La anterior la dejaba medio llena en cualquier lado”.

El camarero cuenta una anécdota que jamás olvidará. Corrían las cinco de la mañana de una madrugada cualquiera. El futbolista tocó el timbre de su casa y le pidió que llamara por teléfono a la vivienda de un vecino que tenía un asador de pollos en los bajos del edificio. Jesús lo llamó, aquel hombre se levantó de la cama y le dio un pollo a Mágico. Eso sí, frío y sin asar. “Se lo comió enterito. El hambre es muy malo cuando uno viene de juerga”.

EMILIO, EL ENANO AL QUE LE HACÍA CAÑOS

Emilio Ramírez, de 41 años, tiene un quiosco de prensa en Cádiz. Pocos de sus clientes, sólo los que más le conocen, saben que es amigo de Mágico. “Nos seguimos escribiendo por whatsapp cada cierto tiempo”, dice. “El otro día le felicité la Navidad”.

Este hombre con enanismo viajó a El Salvador en 2004, cuando muchos de sus excompañeros del Cádiz y grandes figuras internacionales, como Maradona o Francescoli, acudieron hasta allí para participar en el homenaje al 11.

Emilio conoció a El Mago cuando él tenía sólo 10 años y el salvadoreño acababa de volver de Valladolid. El niño hacía pellas en el colegio y se iba a ver los entrenamientos del Cádiz con tres o cuatro amigos más.

En una ocasión, Jorge González los invitó a saltar al césped y jugar un rato con él. Aquello se convirtió en tónica y cada vez que se escapaban de clase acababan jugando una pachanga con el futbolista. “Me hacía caños. ¡A mí, con lo pequeño que soy! Es la única persona en mi vida que me ha metido un balón de fútbol entre las piernas”.

Luego, Emilio ganó años y se convirtió en amigo del futbolista, que lo llevaba a comer o a dar una vuelta por la ciudad en su Ford Escort rojo. A veces, cuando iban juntos en el automóvil, la gente veía hablar a El Mago y creían que lo hacía solo. “Yo pensaba”, recuerda Hugo Vaca, “que Jorge estaba loco”. “Pero en realidad Emilio iba a su lado, lo que pasa es que no se le veía de lo chiquito que era. Lo descubrí una vez que los vi bajar juntos del coche”.

GOLES ‘MESSIÁNICOS’

Esto sí fue verdad, no forma parte de la leyenda.

Estadio Carranza, Cádiz, 1984.El club amarillo se enfrenta al Barcelona en un partido de Liga. En mitad del juego, tras un ataque infructuoso del equipo catalán, el Cádiz monta una contra. Mágico recibe el balón a veinte metros del centro del campo. Con el esférico pegado al pie, cruza la mitad del terreno de juego, avanza, regatea a todo rival que le sale al paso. El último, el defensa Alexanco. Luego, evita la salida del meta blaugrana, quien se lanza a la derecha y él le cuela el balón por su costado izquierdo.

Ese gol recuerda al que Messi le marcó al Getafe en el Camp Nou en un partido de Copa en 2007, o a aquel otro que le metió en el Bernabéu al Real Madrid en las semifinales de la Champions de 2011. Los tres tantos, el de El Mago y los dos de La Pulga, son muy similares, sólo que el astro argentino arrancó en ambas ocasiones escorado a la derecha y más cerca de la meta rival que el futbolista salvadoreño.

Otro de los goles que aún permanecen en la retina de la grada del Carranza es aquel que le metió al Racing de Santander en un partido de Liga en 1986. Mágico recibe el balón en tres cuartos de campo, escorado a la izquierda. Sortea a uno, dos, tres y hasta cuatro contrarios que le van saliendo al paso sin permitirle entrar en el área. Justo en la media luna, Jorge González mira de reojo a portería, ve adelantado al portero rival y, en vez de tratar de buscarle los costados con un chut potente, dibuja una obra de arte en forma de vaselina que acaricia el larguero antes de besar las redes. Genio.

Pocos minutos antes de que arrancara aquel partido, el fotógrafo Joaquín Hernández Kiki vio al Mago salir al campo y coger una pluma de palomo que había sobre el césped. El fotoperiodista estaba en el terreno de juego cubriendo el encuentro para Diario de Cádiz, periódico para el que aún hoy trabaja. “Le pregunté: ‘Mágico, ¿qué vas a hacer con eso?’. Él me miró, sonrió, le dio un beso y se metió la pluma dentro de una de sus medias. Luego hizo aquella genialidad. Se ve que le dio suerte”.

Kiki es el único fotógrafo que ha cubierto íntegro el paso de Mágico por Cádiz, desde su aterrizaje en el aeropuerto de Jerez hasta su despedida del club amarillo. Por eso ahora, con motivo de los 25 años -hasta el verano no se cumplirán 26- del adiós del futbolista salvadoreño a la ciudad, publica un libro con las mejores imágenes del paso de Jorge González por el conjunto cadista. “Sin saberlo, mi carrera ha estado unida a la suya. Mágico encontró aquí la horma de su zapato. Sin esta ciudad, él no habría sido quien fue, y algo similar sucede al contrario”.

DISFRUTANDO DE LA VIDA EN SU HAMACA

En la actualidad, Jorge González tiene 59 años. Hace 18 que se retiró del fútbol y 25 que dejo Cádiz. Ahora, en San Salvador, donde vive desde entonces, pasa las horas tumbado en una hamaca comiendo polos de hielo con sabor a limón y mirando la televisión.

Cuando llega el fin de semana, Mágico sale a la calle para echarse unas pachangas con sus amigos de siempre. Todavía sigue viviendo en un jet lag continúo: despierto de noche y dormido de día.

Junto a su pareja actual, los dos hijos que han tenido juntos y los dos de ella fruto de una relación anterior, el dios del fútbol que acabó siendo mortal nunca se reprocha haber llevado una vida carente de profesionalidad. En su país sigue siendo un mito: colabora con la selección nacional en la búsqueda de nuevos talentos y es la imagen de varias marcas. El dinero que eso le aporta le da para vivir.

Sin embargo, su amigo Hugo Vaca nos cuenta que el salvadoreño tiene un sueño: quiere volver a Cádiz, caminar por sus calles como un desconocido, jugar un partidillo en el Carranza junto a sus antiguos compañeros y pasear por la playa de La Caleta antes de comerse una ración de pescaíto frito. Quizás ya lo ha hecho y nadie se ha enterado. Así se forjan las leyendas, entre la realidad y la imaginación.

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