Javier Fernández, el bailarín sobre hielo

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Nacido en el seno de una familia de clase de media de Cuatro Vientos, Javier Fernández (Madrid, 15 de abril de 1991) comenzó en el patinaje a la edad de seis años siguiendo los pasos de su hermana Laura, quien fuera la gran estrella española de esta disciplina a mediados de los 2000. Hijo de un militar y de una empleada de correos, Antonio y Enri, pisó por primera vez el hielo en la desaparecida pista del barrio de San Martín como actividad extraescolar.

Un año más tarde ingresa en el club Igloo de Majadahonda a las órdenes de Carolina Sanz e Iván Saéz, que le recuerdan como “el lagartija”, un niño revoltoso e hiperactivo que, aunque tenía mucho talento, le faltaba disciplina y se pasaba el día castigado. Con apenas ocho empezó a competir calzando unos patines de segunda mano, un rasgo que no cambiará hasta hacerse mayor. “No era consciente del desastre de botas que tenía, todos le mirábamos pensando que se iba a partir el tobillo, pero siendo tan pequeño ya se podían vislumbrar sus grandes condiciones para este deporte. Además era un chaval todo humildad”, apunta Jordi Lafarga, que también le acompañó en sus primeros tiempos.

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Pasan los años y, en 2004 de nuevo tras los pasos de su hermana Laura, tres años mayor, un Fernández adolescente se marcha a Jaca para entrenar con Mikel García en una época que, pese su gran importancia,  allí comienza a dominar los triples incluido el axel un salto por aquel entonces no realizado por patinadores españoles, casi no aparece reflejada en su biografía oficial. De hecho, este entrenador que, posteriormente emigró a Estados Unidos donde sigue residiendo, no aparece incomprensiblemente, en su ficha ISU. En 2006, Laura se retira y Javier regresa a Madrid para trabajar con Jordi Lafarga en club Circus de Villalba pero, debido al cierre de esta pista, ambos retornan al Igloo (posteriormente, SAD Majadahonda) con Sanz y Sáez.

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En 2007, un Javier Fernández de cabellera rizada y 17 años, debuta en la escena internacional sénior con discretos resultados, 28º en el europeo y 35º en el mundial, que mejora ligeramente en 2008, 17º y 30º, respectivamente. Su enorme potencial llama la atención del gurú ruso del patinaje, Nikolai Morozov que, en 2009, le ofrece entrenarle gratis en Hackensack (Estados Unidos), donde emigra sin haber vivido solo antes y sin nociones de inglés, bajo la promesa de hacerle campeón de Europa. “Fue una época muy dura”, recuerda Javier, cuya marcha genera una enorme tensión, hoy afortunadamente superada, con sus entrenadores de Madrid, quienes sin embargo le acompañarán en los juegos de Vancouver, donde termina 14º, siendo el mejor puesto de la delegación olímpica española.

Por aquellos tiempos, ciertos grupos de entrenadores, jueces y federativos orquestan una campaña de desprestigio contra él pues su marcha a tierras norteamericanas se ve, sin sentido alguno, como una traición. Se escuchan, incluso por televisión, comentarios sobre su supuesta vida disoluta y su falta de entrenamiento. El punto álgido llega en el campeonato de España de 2010 en Barcelona donde, gracias a un accidente en el calentamiento, un programa muy irregular y ciertas maniobras (en aquel nacional se vivieron situaciones judiciales realmente bochornosas en varias categorías), pierde el título en favor de Javier Raya. Algo a priori impensable pues la diferencia técnica de ambos era, por aquel entonces, abismal. Esta situación provoca el cambio al Ice Leganés, club en el que todavía milita. Al igual que pasara con Mikel García, el técnico de este club madrileño, Daniel Peinado, tampoco aparece en la ficha ISU a pesar de ser el entrenador responsable de Javier en cuando está en España.

De Morozov aprende la maestría en el manejo de los patines y el dominio de la puesta en escena. Los resultados mejoran poco a poco hasta colocarse, en 2010, octavo en el europeo y duodécimo en el mundial, posiciones sin precedentes para el patinaje nacional, pero que no satisfacen al técnico ruso que, por aquella época estaba más centrado en su nuevo pupilo, el francés Florent Amodio. La ausencia de un entrenamiento planificado, los constantes cambios de residencia, primero a Estados Unidos, luego a Rusia y Letonia, y la falta de sintonía entre ambos, provocan la ruptura definitiva del dúo Fernández-Morozov tras el mundial de Turín 2010.

En la primavera de 2011, decide a marcharse Toronto (Canadá) para formarse con el doble subcampeón olímpico, Brian Orser. Allí encuentra la estabilidad, el equipo (junto a Tracy y David Willson) y la figura paternal que necesita.  “Brian es como un padre para mí”, suele repetir en las entrevistas. Bajo su tutela aprende el virtuosismo en los saltos cuádruples que, a la postre, le harán famoso. El tándem Fernández-Orser se acopla a gran velocidad y, A finales de ese año, Javier se cuelga sus primeras preseas internacionales de prestigio, destacando el bronce en la final del Grand Prix 2011-2012, un circuito similar a la copa del mundo. El verse en los primeros puestos parece que le afecta pues, a pesar de ser serio candidato a medalla, en 2012 finaliza sexto de Europa y noveno del mundo.

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En el Grand Prix 2012-2013 consigue vencer al campeón mundial Patrick Chan en la prueba celebrada en su país (Skate Canada), pero termina cuarto de la final del circuito disputada en Sochi. No será hasta 2013 cuando llegue la verdadera revolución. A pesar extraviar los patines y recuperarlos un día antes del programa corto, se cuelga el oro en el europeo de Zágreb y sube al tercer escalón mundial de London, remontando desde la séptima plaza. Se forja una estrella para el deporte español en una disciplina absolutamente minoritaria con apenas varios centenares de federados y una decena de pistas. “Es como si Messi hubiera nacido en Indonesia”, comenta el ex patinador Telmo Pínter, que estuvo con Fernández en su etapa americana. Los medios de comunicación comienzan a hacerse eco de sus logros. Empieza a ser un nombre algo familiar para el gran público, una fama efímera. “Sólo soy famoso en las competiciones”, dirá tiempo después. Su paso por el Grand Prix 2013-2014 no es muy brillante (quinto en el NHK y tercero en la Copa de Rusia) no logrando clasificarse para la final, lo que le permite descansar de cara su preparación olímpica.

Con los laureles de mejor patinador continental, afronta 2014 que arranca con una nueva victoria en el campeonato de Europa de Budapest. Un mes después, viaja a los juegos olímpicos de Sochi, donde es abanderado de la selección española. A pesar de ser uno de los grandes favoritos y de acabar tercero el programa corto, cae a la cuarta plaza por un error de cálculo, que le invalida el último salto. Echando mano de grandeza, retorna a los entrenamientos para preparar el mundial de Saitama donde vuelve a conquistar el bronce.

A punto de cumplir los 24 años, Javier Fernández es doble campeón de Europa y bronce mundial, una condición que parece no afectarle demasiado. “Yo soy así, trato de sacar el lado positivo de las cosas e intento no pensar demasiado en lo negativo. Simplemente, disfruto patinando”. Natural, humilde, extrovertido y, profundamente, carismático.

Así es el mejor patinador español de todos los tiempos.

Su ejercicio de oro.

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